sábado 12 de diciembre de 2009

El dardabasí.

Un dardabasí es pájaro pequeño, muy hermoso. En su diminuta estructura ósea lleva todos los colores, pero sólo tres saltan a la vista humana. Yo sólo logro precisar el color rojo de sus alas, el par restante es obligación y oportunidad de la imaginación ajena.

Pájaro alegre y ágil es el dardabasí, proporcionado de un vuelo irreal, parecido al del colibrí, sólo que aquél no logra batir sus alas con tanto vértigo; en cambio, su canto restituye un orden secreto de la naturaleza. Ese canto se camufla con el viento, viaja con él y vuelve al dardabasí cuando emprende el vuelo.


A la memoria de Milorad Pavic (1929-2009) por quien imaginé al dardabasí, no como ave rapaz, sino como dulce caricia de viento.

martes 8 de diciembre de 2009

El Dolor


Aquello que verdaderamente duele se deja doler, pero jamás describirse; está clavado del punto final desde antes de haber comenzado a recitarse, o a llorarse. El sufrimiento que ocasiona, es silencioso, si acaso el único escucha es uno mismo. No existen otro ni otros, dispuestos a abordar la sensación ajena sin personalizarla, sin adjudicarse un trozo de ese algo que nos mantiene vivos, con la esperanza de que jamás marche. Quien lleve una roca en el vientre nunca querrá expulsarla, sería parir parte del alma, partirse el yo y convertirse en otro, en muchos otros que aunque numerosos, son insuficientes para brindar calor, para iluminar la noche como lo hace esa llamarada, ese dolor; perpetuo, incesante.

sábado 5 de diciembre de 2009

El sueño del idealista: variaciones sobre Salvador Elizondo.


Me despierto en medio de un sopor confuso, causante de la incapacidad para percibir la temporalidad nocturna. “¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que cerré ese libro?” y, quizá el pensamiento más inquietante: “¿A dónde se ha ido todo lo que he soñado durante este tiempo imperceptible?”. Me miro en un espejo oscuro y no logro reconocerme por un instante, la escasa luz del cuarto apenas alcanza la superficie pulida, luego la memoria de quién soy toma la forma acostumbrada. Siempre he temido a un espejo en la noche, pues su esencia queda nulificada.

Quizá mis sueños se han ido a una realidad lejana e inalcanzable; sí imaginable, pues ya existe en uno de los tres tiempos canónicamente establecidos por el pensamiento materialista. Sin embargo, el sueño del idealista se almacena en un orden diferente y obliga a replantearse la existencia como un solipsismo constante y perturbador. Imagino que si yo sueño a un hombre, éste existe del otro lado del mundo; el hombre, a su vez, debe estar imaginándome soñar. A través de esas imaginaciones, una en las antípodas de la otra, el tiempo se construye ciegamente y un suceso aparentemente baladí tiene su trascendencia en un espacio infinitamente lejano.

Todo intento por detener ese flujo constante nacerá y morirá en un instante. Lo digo cabalmente: el instante no puede alcanzarse en su totalidad, pues se esfuma rápidamente y al tratar de asirlo escapa como una nube hecha de sombras. En este mismo instante trato de enunciar un instante, acaso varios de ellos. Redacto algunas palabras, las escojo, las acomodo con un determinado sentido y forma; estoy edificando un instante, que ha servido como un espacio de pensamiento sobre el mismo instante. Ahora (reverbera la palabra) un instante se encadena a otro, usan la memoria y las palabras para encontrarse y escapar juntos hacia un espacio incomprensible para mí, quizá una mente ajena que lee esto en perfecta soledad o en un maremágnum público.

En todo caso el instante se escapa a su enunciación y tratar de reconstruirlo es una tarea ardua e innecesaria, como tratar de “construir una cuerda de arena” decía un argentino cuyo pensamiento estaba obsedido por la representación de la voluntad de Schopenhauer. El instante toma la forma de la memoria o la de un castillo de arena construido por un pequeño niño rubio que juega, quizá, a ser un emperador chino construyendo la eternidad. Junto al niño pasa una pareja que se dirige al farallón más cercano de la playa. Una mujer enlutada, seguida de cerca por un pequeño caniche o french poodle, mira caminar a la pareja, e instantáneamente, encadena una infausta memoria personal. Todos esos instantes ya han sido articulados en una memoria relativamente lejana, literaria, en un tiempo al que hemos cuantificado falsamente como 1965, cifra que no tiene un sentido absoluto sino en las mentes de quienes la viven, recuerdan o imaginan. Los detalles de la narración han sido expuestos por la minuciosa personalidad de un cirujano, así, su maletín de instrumentos es un pretexto verosímil perfecto para que, a través de sus hábiles manos, una mujer recuerde un instante acaso ilusorio. El autor de ese texto ocultó bajo candado una serie de instantes concatenados, luego, tomó la llave y la ocultó bajo los instantes más oscuros del mismo texto, para que su lectura fuera tortuosa y erótica a la vez, pues, ¿qué es el erotismo sino un juego con la materia (palabra) viva y ajena?

El estilo de dicho texto es esencialmente barroco, pues encadena la mirada curiosa si ésta se posa un instante sobre la forma. Es una trampa edificada y colocada con la más pura malicia de un artesano cuya nacionalidad se desconoce o se descree, pues los ojos curiosos son un fruto universal, que se cosecha tanto en lugares urbanos como en aquellos que se consideran exóticos por antonomasia; todos los instantes se repliegan en uno solo, pero en diferentes e infinitos espacios.

Esas palabras me han torturado ya dos veces en tan sólo una centena de días y siguen siendo cada vez más oscuras e intangibles. Lo que empezó como un misterio se convirtió en abismo o en remolino de cuervos. Desde un primer capítulo el autor dispuso cada palabra para crear el vértigo y la confusión, el hilo narrativo fue yugulado por un bisturí con suma precisión y los instantes desbordaron como la sangre (casi) coagulada de una incisión; el lector fue puesto en un laberinto oscuro para que caminara lentamente, sus ojos palparon cada palabra y sintieron una profunda nausea que pronto se convirtió en dolor punzante. Pronto se vio sumergido en una oscuridad absoluta; una tabla ouija siseaba como una serpiente bajo sus pies; el ruido metálico de una monedas lo atraía en la lejanía (o quizá la cercanía). Tomó ese ruido como brújula para darse cuenta que el hexagrama convenido era el 32, cuyo significado era la duración, lo perenne de la existencia. Lo que en un primer capítulo prometía esclarecimiento se convirtió en patrón continuo: el lector de dicho texto se dio cuenta que reviviría esa oscuridad una y otra vez, ad infinitum.

He guardado la nausea, el asco, el dolor y, en última instancia, un sentimiento íntimo. Sé que ese sentimiento es un camino inútil, pues no existe una salida final a ese laberinto edificado en palabras, como un monumento irreal a cuyo espacio total nadie tiene acceso. El laberinto tiene varios nombres, uno de ellos es Instante: el otro le fue proporcionado por una pluma Mont Blanc, como la rúbrica final para una obsesión maliciosa.

He guardado también, y me jacto de ello, dándole la espalda a un espejo, un pensamiento por largo rato, hasta el punto de desbordarse de a poco en la tinta que aquí derrama esta pluma. He encontrado un par de salidas, o esperanzas de salida debería decir. Confesaré el secreto a la mirada ajena: aquella escena de playa tiene un significado crucial para comprender al Instante y proporciona un par de ideas acerca de la memoria y la identidad. A continuación una breve explicación de ese asombro:

1.- La idea de que “la otra”, personaje extraño e impreciso que empapa la narración de ese libro obsesivo, sea la misma identidad de aquella otra mujer desconocida y entregada a un sacrificio artesanal llamado leng tch´e, no es una ocurrencia gratuita, incluso existe la posibilidad de emparentar dichas identidades con la de otra mujer vestida de blanco tocada con una cofia de enfermera. Las pruebas, aunque pueden ser refutables, prometen una lectura simbólica. La transfiguración de la mujer en “la otra” corresponde a la caminata por la playa, cuando él (un hombre del que no puedo precisar identidad alguna) y ella pasan, de ida, junto a la mujer enlutada y el niño que construye un sueño infantil en arena. De vuelta, después de que él haya tomado una foto de la mujer, captando un instante irrepetible y acaso revelador, el niño ya no está en la arena; del castillo sólo quedan restos difusos; luego, la mujer corre repentinamente; al detener su marcha y voltear la cara hacia el camino recorrido, el hombre no logra reconocerla, se ha convertido en “la otra”, su identidad ha sido transfigurada en un instante difuso. La última imagen de la mujer es la de la fotografía, después de ese instante ya no será la misma. El castillo de arena es un elemento simbólico que hace tangible la transfiguración femenina. El castillo se derrumba simbólicamente por la marea. La arena edificada puede representar al pasado, pues es inmóvil y se construye con la memoria; el agua es el futuro, pues se mueve hacia un punto dotado de gravedad suficiente para atraerlo, se trata del presente, ese tiempo en donde el pasado y el futuro copulan y engendran una criatura frágil y tibia llamada Instante.

2.- Pero también existe una segunda simbología a partir de la arena que hace volar el pensamiento hasta los cielos imprecisos de la identidad humana. De la arena nace también una criatura casi tan frágil como el Instante: el vidrio, y de éste, después de un proceso técnico y artesanal a la vez, tan cruel como bondadoso, se crea la superficie del espejo, donde la luz se proyectará incesantemente. El delirio de la proyección se encontrará en el perturbador reconocimiento del rostro humano: ¿Quién se reflejó por primera vez en esa superficie pulida? ¿Qué profundo terror lo invadió al encontrarse frente a un sosias preciso e inmutable? La arena también transfigura la identidad y convierte a la mujer en “otra”. El reflejo se derrumba dentro del castillo que la marea se lleva y la identidad de la mujer se pierde abruptamente. La pérdida da lugar a la pregunta esencial (y ancestral) que perdurará durante todo el texto. La pregunta tiene varios matices pero una misma esencia: ¿Quién es?, puede ser la imagen de alguien más reflejada en un espejo en medio de la oscuridad o puede ser el deseo profundo de un idealista soñador que la piensa en un ritual secreto, al que el lector asiste como participante y cuyo éxtasis se alcanza en el séptimo capítulo de un teatro instantáneo dispuesto milimétricamente para el goce doloroso y absoluto.

La vindicación de este par de ideas se puede encontrar en las páginas del tercer capítulo, a través de una imprecisa voz narrativa y a la cual remito por medio de una cita precisa (si acaso se puede precisar algo en este momento), tal como lo requieren los cánones, a veces risibles, del comentario: “[…] así como el espectáculo, por muchos conceptos significativo, de un niño rubio que construía, durante el trayecto de ida del hombre y la mujer, un castillo de arena que ya habría sido arrasado por la marea durante su trayecto de regreso”[1]

La despersonalización me remite ineludiblemente a la pregunta esencial de ese libro fetiche. Implanta en mí la duda para que busque su respuesta en las palabras; pero las palabras no son más que sofismas que falsean la realidad de la solución. Algunos piensan que no existe la solución a esa pregunta; existe la solución, pero cuando alguien la alcanza inmediatamente olvida el acertijo inicial. Yo me atrevo a enunciar otro nombre del Instante buscado: Muerte.

Me encuentro, pues, en un instante de búsqueda, en la búsqueda del Instante, pero el Instante al ser esencialmente temporal, no puede asirse, escapa hasta de las mismas palabras; quizá en esto estribe lo intangible de ese laberinto de palabras elucubrado por un autor perverso. Su mirada primero buscó un punto de apoyo; luego, inquirió en la estructura, la pensó y dirigió como un arquitecto, tomó el agua del Leteo para construir los cimientos de su obra; por último, vio adentro del laberinto llamado Instante y cercioróse de conectar la salida con el centro cabal. Alguien ensayó una fotografía de un suplicio final, ese instante se ha, strictu sensu, prolongado y extendido hasta otro instante del cual trato de salir. Me mantengo en ese camino que intuyo, pero no me lleva a ninguna parte, lo palpo, lo sigo y después lo reconozco con un sueño; todo es inútil, pues el Instante está vivo y no puede expresarse con unas pobres palabras. El materialista se ha creado una realidad comprobable, como una telaraña espacial y temporal determinista; un idealista curioso ha caído más de una vez en la trampa hecha de arena. El uno sueña al otro; el otro sueña al primero, pero nunca logran coincidir en un instante mutuo.


[1] Elizondo, Salvador. Narrativa completa. Alfaguara. México: 1999. P. 122.

domingo 8 de noviembre de 2009

Metafísica del pecado.

"¿Y qué crees que es la vida, Justina, sino un pecado?"
Susana San Juan en Pedro Páramo

El pecado, por su práctica individual, implica la afirmación de un pecado mayor, colectivo digamos. Ese pecado mayor es la vida.
La existencia del pecado está justificada como herramienta de ciertos sistemas religiosos con intereses particulares. El pecado se establece y se ejerce para justificar la evasión del mundo, pues al ser éste tan complejo, vasto, insondable y sumamente vivo, no puede ser abarcado, dominado o comprendido cabalmente por el ser humano. Así inventamos (o intuimos) una entidad abstracta que lo comprende y lo abarca por ser creadora de él, que justifica nuestros pensamientos y acciones sobre el mundo.
Pensar en el pecado es negar el conocimiento y la percepción natural que podemos obtener del mundo; todo intento, pues, por sentir la realidad esencial de la existencia será maligno, ya que el hombre no tiene derecho a explorar las sensaciones terrenales, están vedadas para él. "Las pasiones humanas pueden perder al individuo", es la postura eclesiástica. Las pasiones son peligrosas, pero no para el individuo sino para el sistema de creencias que representa el pecado.
No tenemos que ser siempre buenos, ni siquiera Dios es o ha sido bueno todo el tiempo, la prueba de ello es que ha puesto en nosotros la maldad, reflejo de una esencia divina. En el pensamiento de Dios también hay destrucción, lujuria, codicia, envidia, es decir, pecado. Dios también es pecado, pues el pecado está en su creación.

Noviembre de 2009.

Dejo estas cuantas palabras, que en sí no dicen nada,
para antes del sueño, por si no vuelvo de él; por allí estaré.
Defiendo lo que creo saber, pues no es mucho. También puedo llegar a condenarlo; mi justicia del conocimiento es flexible e imparcial.

Erudición.

El conocimiento total es una ilusión, un sofisma cuya búsqueda es dolorosa y, en última instancia, mortal. La erudición sólo adquiere sentido cuando alguien más nos lee en una secreta soledad, ese momento es al que algún sabio moderno se ha empeñado en llamar la "Plática Silenciosa"; al alimón, la erudición pública y oral puede resultar en una mojiganga ridícula (su traslación a la escritura, pastiche barato).